"La industria que todavía no existe: una nueva constelación para Centroamérica" - TEDx San Pedro Sula 2026

¿A cuántos de ustedes alguna vez les han dicho que pasan mucho tiempo en la Luna?
¿O que viven soñando demasiado?
¿O que eso que imaginan no es para alguien como ustedes?
Tenía ocho años cuando mi profesora de segundo grado nos pidió dibujar cómo nos imaginábamos de grandes.
Comencé a dibujar mi cabeza dentro de una burbuja, un traje blanco y mis colochos flotando, sí, me había dibujado como una astronauta.

Cuando pasó por mi pupitre, sonrió y dijo frente a toda la clase: "Con razón... porque siempre pasas en la Luna." Todos se rieron, yo también.
Pero durante muchos años me llevé mucho más que un chiste, me llevé una historia. La historia de que ciertas cosas simplemente no eran para alguien como yo. Una niña distraída, de una familia inmigrante y con un promedio escolar bastante común.
Y con el tiempo descubrí que esa historia no era solo mía, también la escuchaban países enteros, comunidades enteras. Y quizás, muchos de ustedes también.
En Centroamérica es común escuchar frases como:
“Aquí eso no existe.”
“Eso solo pasa en otros países.”
“Eso no es para personas como nosotros.”
Son frases que parecen describir nuestra realidad. Pero, poco a poco, pueden empezar a definirla.
Nos hacen creer que el lugar donde nacemos determina el tamaño de nuestros sueños y de nuestras posibilidades.
Y sí, el contexto importa.
Importa dónde nacemos, qué oportunidades tenemos, qué educación recibimos, qué recursos existen y qué industrias se han construido antes que nosotros.
Pero hay algo más que también importa: la historia que construimos sobre ese contexto.
Porque cuando una comunidad repite durante suficiente tiempo que algo no existe, dejamos de preguntarnos cómo podríamos construirlo.
Y eso tiene una consecuencia mucho más profunda que simplemente perder una oportunidad individual.
Pensemos, por ejemplo, en la industria aeroespacial. Cuando hablamos del espacio, nuestra imaginación suele llevarnos inmediatamente a Estados Unidos, Europa o a países que tienen grandes agencias espaciales, empresas aeroespaciales y décadas de historia en el sector.

Y entonces aparece una conclusión aparentemente lógica: “Eso no es algo que pueda ocurrir aquí.”
Pero hay una diferencia enorme entre decir: “Esto todavía no existe” y decir: “Esto no puede existir.”
La primera es una descripción del presente. La segunda es una decisión sobre el futuro.
Y cuando confundimos ambas cosas, podemos terminar convirtiendo la ausencia de algo en una prueba de que nunca podremos tenerlo.
Eso es especialmente importante cuando hablamos de Centroamérica, y hoy quiero aterrizar esta conversación aquí, en Honduras.
Porque si un joven crece en un lugar donde nunca ha visto una industria aeroespacial, nunca ha conocido a alguien que trabaje en ella y nunca ha escuchado que su país podría formar parte de ella, probablemente no va a preguntarse: “¿Cómo puedo construir mi carrera en esta industria?”
Y es ahí donde las narrativas que construimos sobre un contexto pueden ampliar o reducir el futuro que creemos posible para nosotros y para nuestras comunidades.
Para comprobar si esta idea aparecía también en otras personas, realicé un sondeo con participantes de actividades STEM y espaciales.
Les pregunté, entre otras cosas, qué tan posible sentían formar parte de STEM y el sector aeroespacial antes y después de estas experiencias.
En una escala de 1 a 10, la percepción promedio pasó de 4 a 10: una diferencia de 6 puntos. Pero más interesante que el número fueron las historias detrás de esas respuestas.

Una de las personas contaba que antes pensaba que áreas como la astrobiología, la astrofísica o la astroquímica eran carreras que probablemente tendría que estudiar fuera del país. Incluso había escuchado que en Centroamérica no se podía vivir de eso.
Después de conocer personas trabajando en esas áreas, participar en actividades y descubrir que existía un ecosistema alrededor de ellas, algo cambió.
Lo que cambió no fue la existencia de esas carreras. Cambió su percepción de que ella podía formar parte de ellas.
Esto conecta con lo que Bandura llamó autoeficacia: nuestra percepción de que somos capaces de realizar una acción. Y una de las fuentes que puede fortalecerla es observar a otros lograr aquello que nosotros todavía no creemos posible.
Y Wenger aporta otra pieza: las comunidades de práctica no solo transmiten conocimiento; también ayudan a construir identidad.
Un referente no solamente puede mostrarnos una profesión; puede hacer que esa profesión entre por primera vez en nuestro mapa estelar.
El país influye en lo que se considera posible por las narrativas existentes, sin embargo, las comunidades amplían los futuros que las personas creen posibles. Yo también experimenté ese cambio cuando participé en el primer Congreso Espacial Centroamericano en 2023. El primer congreso de la región que reunión cientos de jóvenes con una misma pasión, ahí sentí que estar en La Luna no era tan malo.

Es ahí donde las estrellas comienzan a brillas más en nuestro cielo. Y es que, aunque el cielo se vea oscuro, las estrellas siempre han estado y estarán ahí. No era una agencia espacial. No eran astronautas. Era talento centroamericano construyendo una conversación distinta.
Y esto nos lleva de nuevo a la pregunta central: ¿qué ocurre cuando dejamos de mirar la ausencia de una industria como una sentencia y empezamos a verla como una oportunidad para construir capacidades?
Cuando pensamos en Centroamérica es muy fácil mirar todo eso y concluir: “Eso no es para nosotros.”
Pero la realidad de la economía espacial está cambiando. La economía espacial global fue estimada en alrededor de 630 mil millones de dólares en 2023 y podría alcanzar 1.8 billones de dólares para 2035, según el World Economic Forum y McKinsey. Este crecimiento nos muestra que la economía espacial ya no depende únicamente de los países con grandes programas espaciales. También necesita empresas, universidades, emprendedores y, sobre todo, talento.

Al mismo tiempo, la industria espacial enfrenta uno de sus mayores desafíos: la escasez de talento especializado. El empleo en el sector ha crecido mucho más rápido que el promedio del mercado laboral durante los últimos años, convirtiendo al talento en uno de los recursos más valiosos para el crecimiento de esta industria.
Este crecimiento no depende solamente de cohetes y satélites, incluye comunicaciones, navegación, observación de la Tierra, transporte, agricultura, logística, defensa y muchas otras aplicaciones.
Es decir: el espacio no es solamente una industria que ocurre allá arriba. Es una economía que cada vez tiene más impacto aquí abajo.
Si esta industria está creciendo y necesita talento, tecnología e innovación, ¿por qué seguimos pensando en ella únicamente como algo que ocurre en otros países?
Costa Rica no tiene una agencia espacial activa. Pero eso no significa que no pueda comenzar a construir capacidades alrededor del sector.
En 2024, nació ACACIE — Asociación Costarricense de Aeronáutica, Ciencia, Ingeniería y Espacio, una organización enfocada en impulsar el desarrollo, la investigación y la educación en estas áreas.

Desde ahí hemos organizado iniciativas como la Semana Mundial del Espacio, Costa Rica en el Espacio y NASA Space App challenge, conectando personas que ya tenían talento, curiosidad o experiencia, pero que no necesariamente se veían como parte de una misma industria.
No creamos una agencia espacial. Creamos espacio y capacidad para construir algo que no existía.
Durante mucho tiempo confundimos la ausencia de una industria con la imposibilidad de construirla.
Y quizás ese sea uno de los errores más peligrosos de una región. Porque si decimos: “No tenemos una industria aeroespacial.” estamos describiendo el presente. Pero si concluimos: “Por eso no podemos tenerla.” estamos escribiendo el futuro.
Aquí en Honduras, la pregunta tampoco debería ser solamente: ‘¿Cuándo tendremos una industria aeroespacial?’ La pregunta es: “¿Qué tenemos que empezar a construir hoy para reescribir el futuro?”
Es ahí donde comenzamos a cambiar la narrativa del país. "Cuando miramos el cielo, creemos que las constelaciones siempre estuvieron ahí. Pero no es cierto. Las estrellas existen; las figuras las creamos nosotros al conectar los puntos y contar una historia sobre ellas.
Creo que hacemos exactamente lo mismo con nuestras vidas y con nuestros países. Los hechos son reales: nacimos en determinado lugar, crecimos con ciertas condiciones, no existe una agencia espacial...
Pero la historia que contamos sobre esos hechos... esa constelación... también la construimos y la hacemos realidad nosotros.
Costa Rica tiene algunas de esas estrellas. Honduras tiene otras. Y lo mismo ocurre en Belice, Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Panamá.

Quizá ese sea uno de los grandes desafíos de la región: no solamente desarrollar más talento, sino conectar el talento que ya existe para que podamos empezar a ver futuros que todavía no creemos.
Primero cambia la narrativa, después cambia lo que las personas se atreven a imaginar, después cambia quiénes deciden participar. No podemos elegir dónde nacemos, pero sí podemos decidir si esa historia será el límite de nuestro futuro.
Si hoy volviera a esa aula de escuela, probablemente volvería a dibujar la misma astronauta, no porque ahora sepa exactamente cómo llegar al espacio, sino porque entendí algo mucho más importante: nadie puede elegir dónde nace, pero todos heredamos historias sobre lo que ese lugar significa para nuestro futuro. Durante muchos años escuché que Costa Rica no tenía industria espacial, y era cierto. Lo que no era cierto era creer que nunca podrá tenerla, porque antes de que exista una industria, tiene que existir una comunidad que crea que esa industria es posible.
Eso es lo que he aprendido organizando comunidades, impulsando iniciativas y viendo cómo personas que nunca imaginaron un futuro en el espacio comenzaban a verse como ingenieras, científicas, emprendedores o líderes.
Hoy no quiero que recuerden mi historia, quiero que recuerden esta idea: Las constelaciones no aparecen cuando nace una estrella nueva, aparecen cuando alguien decide conectar estrellas que siempre estuvieron ahí y les da un nuevo significado.
Y hoy estoy aquí, porque no creo que esta historia tenga que construirse país por país. Tal vez el talento que necesita Honduras para construir una industria espacial ya existe, tal vez las personas que cambiarán el futuro de este país ya están en esta sala. Lo único que falta es cambiar la narrativa que nos impide ver la constelación que siempre estuvo frente a nosotros.
Quiero invitar a que las conectemos. Que desde Costa Rica y Honduras podamos seguir construyendo puentes entre nuestros jóvenes, nuestras universidades, nuestros profesionales y nuestras empresas.
No para esperar a que algún día exista una industria aeroespacial Centroamericana. Sino para empezar a construir las condiciones que hagan posible que exista.
Porque toda industria nace cuando una sociedad decide reescribir lo que cree posible para sí misma. Entonces, ¿qué futuro aeroespacial estamos listos para empezar a construir juntos?


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